Política. Lo moral y lo amoral.

Una de las consignas que se oían en las calles, cuando la gente se movilizó hace unos años, decía: «Que, que no, que no nos representan». Iba dirigida directamente contra aquellos políticos y partidos que dejaron la transición inacabada.

En este país los períodos políticos largos siempre han sido los que beneficiaban a los poderosos. Por eso acabaron con la II República y por eso se mantuvo el franquismo y se defiende el inmovilismo de esa transición inacabada. Un periodo que dieron por finalizado una vez triunfo el bipartidismo y entraron en vigor las leyes que lo facilitaban.

Casi quince años después seguimos con los mismos problemas que hicieron salir a aquella gente a la calle.

Los jóvenes, con salarios bajos y alquileres inasumibles, no tienen perspectivas de futuro. Los pensionistas tienen que salir a defender sus pensiones, e incluso su derecho a recibirlas. Solo hay que ver los resultados del informe PISA para entender cómo está la educación pública y porque sus profesionales y estudiantes salen a las calles. La sanidad pública se ha dejado caer para fomentar la privada y para saber su estado no hacen falta estadísticas, solo basta preguntar a usuarios y profesionales que también salen a la calle a defender la sanidad pública y sus derechos como trabajadores y trabajadoras.

Durante estos últimos años, los partidos del bipartidismo han trabajado, más que para gobernar para la ciudadanía, para eliminar a los partidos emergentes contrarios a esa alternancia en el gobierno. Unos utilizando y aprovechando a medios y jueces para presentar querellas basadas en bulos, noticias sin confirmar o cualquier cosa que pudiera servir a los jueces para abrir causa, y cambiar así la perspectiva de la ciudadanía sobre los partidos que no aceptan esta forma de hacer política.

Otros partidos, que se consideran de izquierda, se han limitado a mirar hacia otro lado, aunque luego se han lamentado cuando les ha llegado a ellos o han fomentado la disidencia dentro del partido que les resultaba incomodo por transformador, que no reformador, alentando la creación de nuevos espacios más dóciles y favorables a sus intereses.

Analizando la situación vemos que nuestro país tiene dos grandes problemas que van ligados entre sí. Por un lado la defensa a ultranza de los intereses del poder por parte del PP o, en el caso del PSOE y PSC,y de Sumar, gobernar sin molestar al poder.

Y eso nos lleva al segundo y verdadero gran problema de nuestro país, la corrupción que se da cuando el poder político queda supeditado al económico. Todos los discursos sobre lucha contra la corrupción y la regeneración democrática eran ficticios, y lo sabían. Moverse para que nada se mueva y si para ello hay que cargarse a algún partido o a alguna persona se hace, sin ningún tipo de escrúpulo. Así funciona lo que en algún momento se llamó vieja política.

Es aquí donde encontramos el fondo de la cuestión, la diferencia entre lo moral y lo amoral. ¿Que es lo que diferencia, al respecto, a los políticos sean del partido que sean? En cuanto a los políticos de derecha todo el mundo asume, y ellos no lo esconden, su defensa del poder económico.

Es en los partidos de izquierda donde más se observa esta diferencia entre la moralidad y la amoralidad. Es una diferencia fácil de ver.

Los que defienden la moralidad de la política de izquierdas acaban quemados y en muchos casos abandonando la política para volver a su vida anterior.

Los que actúan de forma amoral suelen engañar con discursos, en defensa del bien común, retóricos y redundantes que, de tanto repetirse, acaban vacíos de contenido. Son políticos, que una vez alcanzado el objetivo, se sienten bien pisando alfombras, sentándose en sillones u ocupando cargos bien remunerados. Estos teóricos representantes de la ciudadanía se mantienen en política por largos periodos de tiempo saltando de un puesto a otro.

Deberíamos empezar a distinguir entre lo moral y lo amoral. Entre quienes están a un lado o a otro. Distinguir y desprenderse de los que viven, o intentan vivir, de la política y abrazar a los que viven para la política.

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